Novelas

Intercity – Ciudades

«A city becomes a world when you love one of its inhabitants…»
-LAWRENCE DURRELL

Lawrence Durrell, un escritor ahora casi olvidado que hizo furor en la década de los años sesenta con su novela en cuatro volúmenes El Cuarteto de Alejandría, en su descripción de la misteriosa e impenetrable Justine iba deambulando una y otra vez por las calles y callejuelas de Alejandría en busca de algo que no podía captar, de algo que parecía esconderse como una promesa en el cuerpo de la mujer deseada y que, una y otra vez, se le volvía a escapar o, al menos, le superaba.
Lo que su flemático personaje Darley va desvelando en pequeñas dosis sobre los secretos de esta ciudad, parece existir de manera concreta y tangible en el cuerpo de Justine, pero el laberinto de la ciudad le muestra a su vez que hay mucho más; las calles cuentan en críptico lenguaje que en esa mujer se esconde algo más complicado, algo que se extiende en el tiempo y en el espacio y que sólo se puede descifrar como una alegoría en el cuerpo de su amada Justine; por ello, la ciudad se convierte, de hecho, en la alegoría de su cuerpo y sus secretos, y su cuerpo en la clave que lleva a los secretos de la ciudad.
La ciudad y el cuerpo de la amada se transforman mutuamente, adoptan sus atributos y disfraces recíprocos. El espejismo de una calle tras la lluvia y la piel sudada de una amante a la que acabamos de abandonar –aunque la hayamos conocido ahora mismo-, ambos se muestran en su máximo grado de intensidad cuando los echamos de menos. La amante ocupa tus pensamientos cuando vas vagando solo por la ciudad que has conocido por mediación de ella; y ves una y otra vez en insospechadas perspectivas oníricas las calles de la ciudad que empiezas a amar cuando te duermes al ritmo de su respiración.
Una ciudad no se llega a conocer bien hasta que no se ama a uno de sus habitantes; sólo entonces adquiere importancia cualquier retazo de periódico que el viento arrastra hasta la acera, cualquier rostro ha de decirte algo, tras cada esquina algo que puede detener el sueño o hacer que subsista. El caminar por ciudades que evolucionan a través de un nuevo amor tiene algo de constante peligro amenazante, estás ojo avizor porque un detalle insignificante puede mandarte a casa más solo que la una, de vuelta a la salida, haciendo dedo en la autopista, o de pie en un andén con el periódico en el que aparece una fecha que quisieras olvidar lo antes posible.

Conocí Amsterdam hará ahora casi veinte años en una pequeña isla griega, porque allí me abordó una chica joven de Amsterdam en el postrero sol de la tarde. Yo acababa de despedir agitando la mano a alguien que partía con un bote de la bahía poco profunda. A mi espalda se encontraba la pequeña terraza, algo mugrienta, de esa parte de la isla -por lo demás deshabitada- donde unas cincuenta personas dormíamos por la noche en la playa. Despedía al amigo mientras meneaba la cabeza por los malentendidos que habían surgido entre nosotros; me quedé un momento más mirando el agua que resplandecía al sol y me giré. La vi sentada, y fue como si me hubieran dado una bofetada. Se había recogido el largo cabello rojo y las piernas descansaban sobre una pequeña silla que se había arrimado. Estaba sentada tan tranquila liándose un cigarrillo, me miró con esos brillantes ojos verdes y dijo: «Tío, se te ha quemado la nariz». Esbozó una amplia sonrisa y señaló una silla a su lado. Me dirigí hacia ella, me toqué la nariz con la punta del dedo, comprendí que acababa de hacer una estupidez, me partí de risa, recogí de sus manos el cigarrillo que acababa de liar, me incliné hacia ella y recibí fuego. Lió otro. Nos reímos los dos. El tabaco picaba. La adrenalina nos fue subiendo poco a poco mientras guardábamos silencio. En las áridas colinas situadas a nuestras espaldas pacían algunas cabras. Todo el mundo oteaba el mar y esperaba a esa única chalana que volvía a traer verduras, fruta y carne para un día, de manera que el hombre viejo y silencioso nos pudiera preparar a todos la comida en la casucha de hormigón. Horas después estábamos bañándonos en la salada y poco profunda bahía, se nos clavaban en los pies las púas de los erizos de mar, se levantó de repente el viento desde las montañas y ya casi no pudimos avanzar mientras nadábamos de regreso; al cabo de un tiempo, alcanzamos la playa extenuados y nos quedamos tumbados jadeando, el uno en los brazos del otro. La repentina sensación de que en el mundo todo es posible en el mismo instante. Las primeras estrellas aparecieron sobre la tierra deshabitada y vacía. Fumábamos y mirábamos. Estuvimos juntos una semana y después cada uno se fue por su lado. Pasé algunos días confusos en Atenas, pero tenía la sensación de que a partir de ese momento sólo me quedaba un camino abierto: el de Amsterdam. Volví a verla un mes y medio más tarde en una calle del Pijp y me quedé sin aliento. Luego compartiría con ella cuatro años de mi vida. Pero mucho tiempo después, tras esos cuatro años, aún sigue quedando algo que me acompañará siempre; cuando voy a su casa a tomar café, cuando paseamos juntos de tarde en tarde, o nos sentamos en una taberna como hermano y hermana, preocupados el uno por el otro o felices porque el otro es ése: todo eso está indisolublemente unido a Amsterdam, tiene el olor del agua de los canales o el bullicio de la Leidseplein a las dos y media de la noche, suena como el clic del peldaño cuando bajas del tranvía; un sonido que, en los primeros meses después de mi partida, me perseguía hasta en sueños como el símbolo de lo que había perdido, porque nunca fui capaz de elegir. Amsterdam se había convertido, desde luego, en un hogar. Cada vez que entraba en la ciudad, veía a lo lejos el edificio de la Frederiksplein, aparcaba en una de las calles con nombres de pintores paisajistas del siglo XVII, luego iba con ella por el mercadillo de Albert Cuyp, hacía compras y nos llevábamos a su pequeña buhardilla los aromas de canela, curry y aceitunas, sabía que había llegado a mi hogar más que en ningún otra parte del mundo y, sin embargo, era un hogar del que sólo podía disfrutar si ese otro hogar, en la lejana Bélgica, estaba también ahí. Aprendí a conocer la ciudad de dentro hacia fuera, como la conocen las personas que llevan viviendo mucho tiempo allí. Adopté costumbres, cosas que se hacen a horas determinadas, cosas que haces preferiblemente en domingo (un café en el Stedelijk o una excursión en bicicleta fuera de la ciudad siguiendo el curso del Amstel, por ejemplo), pero también las cosas habituales que sólo puedes hacer durante la semana y, por lo demás, todas las cosas que de alguna manera haces o experimentas porque al fin y al cabo estás ahí y vas por tu propia vida: cocinar comida india, ponerte a hablar en la Marnixstraat con una pareja que se pelea, citarte en Frascati, emborracharte en el café De Jaren, Los Años, que todavía no existía, pero la imagen me viene que ni pintada. Aprendí las extrañas paradojas de una ciudad donde compraba libros sin sospechar que algún día yo mismo publicaría, aprendí lo estrecho y lo amplio, fui con mi novia de visita a casa de toda clase de amigos y conocidos, registré con ella todos los bares, a veces tenía la sensación de que en esa ciudad se podía hacer de todo y, a la vez, que todo estaba terriblemente reglado. Quien se dé cuenta de cómo funciona esa última interacción, así peroraba yo, empieza a entender algo de Amsterdam; pero el código nunca se conoce de manera expresa. Nadie te lo comunica, tú mismo debes procurar averiguarlo y cada señal posee un significado específico; significados que en mi ciudad natal del viejo Flandes eran muy distintos. Empecé a traducir –por así decirlo- a otra lengua gestos, una mirada, una frase quebrada de manera muy significativa, una mano agitándose, en una ciudad que, satisfecha de sí misma, como pasa con la mayoría de las grandes ciudades, se reflejaba continuamente en sus habitantes, que combinan un gran sentido de la solidaridad con un siempre posible encogimiento de hombros dirigido hacia el otro y hacia el lugar donde viven. El laberinto se fue descubriendo poco a poco y, hasta que lo uno y lo otro no se me empezó a aclarar, no vi lo desnudo que yo mismo había estado ante mis amigos y conocidos de la ciudad. No sólo se convirtió el cuerpo de la ciudad en el cuerpo de la mujer a quien amaba, sino que también aprendí que la ciudad se convertía cada vez más en un espejo para mi ser-distinto, el hecho de haber crecido en un ámbito muy diferente. Y aunque intenté aprender de la manera más rápida posible todo lo inapreciable que se podía aprender (las expresiones en la panadería, por ejemplo, de las que no podía utilizar ni una de mi lengua vernácula), sólo descubrí que, en esa creciente intimidad con la ciudad, empezaba a comprender cada vez con mayor intensidad los mínimos aspectos de mi existencia como marginal. Con el transcurso del tiempo conocí los matices de las estaciones en una calle de Amsterdam, el sonido nocturno de los petardos por nochevieja y la sensación de vacío después de que estallaran en una calle llena de coches aparcados, los recurrentes tres tonos ascendentes de las ambulancias por las noches. Qué distinto era un miércoles lluvioso allí en comparación con un miércoles en la ciudad de donde yo procedía y a la que regresaba una y otra vez. Aprendí dónde estaban los puntos sensibles para el habitante medio de la ciudad y la mejor manera en que podías tratar con ellos, cómo podías aclarar cosas que en un principio pensabas que eran imposibles de explicar. Aprendí a intuir un poco cómo se sentían a menudo los emigrantes en mi propia ciudad y acaso también en esta ciudad; también aprendí lo atípica y al mismo tiempo absolutamente representativa que es Amsterdam del resto de los Países Bajos. Todo son clichés, es cierto, pero los clichés empiezan a tomar vida cuando estás en algún sitio y, lo que creías dejar atrás, te vuelve a dar un golpecito en el hombro. Se halla en muchos pequeños matices, en la manera en que dices algo, en una mirada, en todo ese idioma que llegué a conocer de cerca porque alguien me amaba y yo a ella. Es ese remanente inconcebible que reconozco entre tanto al leer un libro de un escritor de Amsterdam, cosas que no soy capaz de explicar aunque estoy seguro de que la mayoría de personas en Bélgica sólo ven palabras donde yo, al igual que todos aquellos que han pasado una temporada en Amsterdam, percibo un olor específico o veo una habitación con vistas a un jardín interior o adivino un tic implícito típico de Amsterdam. A veces en una frase casual oigo cómo suenan las palabras en una estrecha escalera con bicicletas colgadas de un gancho, cómo el sonido de un timbre va indisolublemente unido a la cuerda del rellano del piso con la que se abre el cerrojo de la puerta de la calle; lo que dicen entre otras cosas las personas cuando están esperando en un restaurante hasta que quede libre la mesa que reservaron, o recuerdo que para un recién llegado borracho puede ser útil no olvidar la frasecilla «Piet Koopt Hoge Schoenen» (un método mnemotécnico para retener en la memoria la sucesión de los canales circulares: Prinsengracht, Keizersgracht, Herengracht, Singel).

Quizá haya que atreverse a escribir de clichés, sobre todo si quieres saber en quién te has convertido. Están las cosas que te persiguen cuando vienes con menor frecuencia a Amsterdam: el sabor del café con leche (la leche calentada en una pequeña cazuela, al belga le parece algo terriblemente intrincado; al neerlandés le repugna la leche fría); el ambiente en el quiosco de periódicos; los grandes almacenes Bijenkorf en comparación con L’Innovation. Voces, objetos y rostros que se encuentran unidos a una forma de vivir. Hasta que no pasan unos años –y menos pensando en clichés que olvidándolos-, no llegas a plantearte algo esencial, pero en ese momento tampoco estás ya en situación de expresarlo tan alegremente como lo hacen todos tus compatriotas que han visitado de vez en cuando esa ciudad. Formarse opiniones de una ciudad es algo para turistas, así pensaba yo, pero por aquella época yo mismo no hacía otra cosa. A veces echo de menos, de manera casi patética, el pan ya bastante duro de los lunes por la mañana, comprado en el Ceintuurbaan el sábado por la tarde (una incomodidad que no existe en Bélgica, cuyas panaderías los domingos se hallan especialmente bien surtidas), o echo de menos la mezcla de olores exóticos y asquerosos en el mercadillo de Albert Cuyp. Entonces sé que ya es hora de llamar a mi amiga de Amsterdam. Los únicos familiares que de verdad cuentan te los haces tú mismo, amando y cometiendo estupideces, perdonando y volviéndote a ver con ellos. En ese sentido, Amsterdam es una ciudad en la que regreso al hogar pero de la que también tengo que marcharme porque es obvio que no podría vivir allí de continuo: para escribir necesito otra clase de espacio, donde se practique con menos fervor la opinionating, donde la tibieza no esté cargada de opiniones, donde la ausencia muestre su poesía difícilmente aprensible, donde pueda distanciarme de todo aquello que deseo. Así vas desarraigándote algo más en tu fuero interno, aunque siempre regreses a un lugar determinado. Coges el tranvía sin rumbo fijo, vas caminando de noche sin más por la ciudad y todo y nada a la vez es lo que quieres ver: esta combinación extraña y única entre un demasiado y un demasiado poco, demasiadas personas y demasiado poco espacio… esta atmósfera de pueblo internacional en que la modestia brilla por su ausencia -aunque en ninguna otra parte se quiere dar una impresión más intensa de una conciencia crítica-, pero donde la autoconciencia está precisamente en las palabras, no en la escena callejera. Hay algo en Amsterdam que siempre me ha parecido judío debido, de manera evidente, a esta conciencia lingüística, más judío que en cualquier otra parte, algo en lo que me sentía como en casa sin que yo mismo formara parte de ello, pero que deseaba porque me parecía como una promesa que en nuestra educación belga, caótica en el ámbito lingüístico, había seguido ausente con demasiada frecuencia. Me refiero a la experiencia de la continua crítica lingüística como si se tratara de una identidad, pero a la vez me refiero también a lo accesorio de las ambiciones urbanísticas de la ciudad, que sí resulta una cuestión de primer orden en muchas otras ciudades: en Amsterdam hay una especie de despreocupación por las cosas materiales. Al mismo tiempo, había también algo del exégeta judío al que me recuerdan muchos intelectuales de Amsterdam; quizá algo de lo que se perdió en Dresde, Varsovia, París o Berlín, y que aquí se interrumpió menos que en otras partes: un determinado sentido de continuidad. La manera en que se discuten las cosas ha evolucionado hasta convertirse en una tradición de la lengua consciente de sí misma. Precisamente esta profusión de autoconciencia crítica por un lado y la pedante pertenencia a ese único lugar por el otro es lo que me resulta a veces excesivo, de manera que quiero regresar rápido a la provinciana tranquilidad flamenca de una ciudad más pequeña, donde disfruto de una difícilmente determinable cercanía del ambiente cultural francés; pero al cabo de algunas semanas, a lo sumo meses, vuelvo a caer colmado de nostalgia y tengo la sensación de que de nuevo necesito sentir con urgencia todo a mi alrededor para saber dónde estoy realmente frente a mí mismo y las demás personas con quienes vivo. Amsterdam es un lugar donde corrijo mi brújula, en una terraza al sol, en una jaula abarrotada de periquitos cotorreando de manera mundana.

En mi acento neerlandés se coló por esos años algo de mi estancia allí, un testimonio claro de lo que, por lo demás, sólo me incumbe a mí y a mi historia. Hace mucho que volví a perder ese acento, pero cuando llego a Amsterdam regresa enseguida, lo quiera yo o no. Ese acento, del que a veces ni siquiera era consciente, molestaba de modo indefectible a mis compatriotas belgas: el hablar un neerlandés con tendencias lingüísticas un poco cercanas a Holanda allí se considera una forma de afectación. De hecho, te conviertes en una especie de traidor a la patria al olvidar tu típico acento flamenco, aunque no lo hagas de manera intencionada. Se dice que esto supone una concesión al imperialismo lingüístico holandés. Con ese sentimiento nacionalista encubierto vienen con demasiada frecuencia a Amsterdam hasta los flamencos más progresistas: para ellos es una forma de autoafirmación ver cómo en Amsterdam fruncen el ceño al oír determinadas expresiones que en Flandes se utilizan con toda normalidad. Les gusta exagerar un poco, y utilizan expresiones dialectales para atraer al neerlandés medio a su suma postura caricaturesca de maestro de escuela. No hace falta esforzarse mucho para conseguirlo, piensa el flamenco medio. Hablar dialecto constituye la última actitud provinciana de resistencia, es una reacción a contrapelo frente a la continua crítica siempre al acecho y la reprimenda amistosa o altanera en cada frase y cada expresión que no pertenezca al uso lingüístico septentrional. Es fácil comprender que una y otra cosa, de vez en cuando, les pone bastante nerviosos a los flamencos: si seis millones de personas utilizan una expresión determinada, eso se convierte entonces, natural y sencillamente, en una parte viva de esa lengua y tiene derecho, aunque sólo sea desde el punto de vista sociológico, a la existencia. Es la misma postura con que el habitante de Marsella llega a París, el habitante de Trieste a Milán, el habitante de Viena a Fráncfort o Berlín. Sin embargo, esa clase de tiquismiquis me trae al fresco, porque esa autoconciencia defensiva de muchos flamencos me crispa igualmente los nervios. Así acabas por no pertenecer ya a ningún sitio, y quizá eso sea lo bueno. En Bélgica no deja de irritarme la autoconsciente vaguería lingüística flamenca, en Amsterdam me irrita a menudo el fervor lingüístico neerlandés. Pero ya he hablado lo suficiente sobre esas contradicciones tan rumiadas que ya no me interesan. Lo esencial en Amsterdam lo oigo cuando marco el número de un amigo o una amiga y suena interrogante la voz familiar, o cuando llego allí y oigo el sonido plegable del escalón que vuelve a su sitio al bajar del tranvía, cuando voy subiendo a la primera planta dejando las bicicletas colgadas a un lado y me dan la bienvenida: llegar al hogar en la ciudad a la que había huido con una novieta a mediados de la década de los setenta, mucho antes de que tuviera una novia allí. En aquella época llegamos a conocer de manera bastante brusca los bajos fondos de la ciudad. Mucho en mi vida ha empezado allí y también, con la misma frecuencia, ha terminado.

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Casi quince años después caminaba con ese mismo sentimiento de desarraigo y novedad por una ciudad que conozco ya desde mi infancia, pero en la que ahora también, mediante un nuevo amor, cada esquina empezaba a hablarme de esa angustiosa y simultánea ascensión de cuerpo y ciudad por la que las cosas más pequeñas se vuelven amenazantes y prometedoras: Bruselas. Aunque conocía la ciudad desde la infancia, ahora empezaba a hablarme de las imágenes que yacían ocultas en mi interior más profundo: la difusa y crepuscular tienda de ultramarinos de un tío bruselense al que hacía veinte años que no veía -la calle donde se encontraba la tienda ya no existía-; mis recuerdos de la época de estudiante en que trabajé en el gran complejo de aduanas junto al puerto, en el gigantesco edificio de Thurn & Taxis; los aromas africanos, por la tarde, en el barrio de la Estación del Norte. Recorría con ella calles por las que no recordaba haber pasado de niño hasta después de mucho vacilar, como si debiera descifrar un mapa críptico. Gracias a ella aprendí lo diferente que resulta la incidencia del ángulo de luz en un piso bruselense de una gran avenida en comparación con una habitación igual en una calle de Amsterdam, mientras que en realidad, visto de manera objetiva, no es una cuestión de la luz, sino de tu conciencia; llegaba a casas en las afueras donde pendía algo de una atmósfera parisién, caminaba por los yermos solares de esta ciudad gravemente herida y, de manera bastante paradójica, era justo eso lo que me producía felicidad.

No existe ningún cliché más práctico para ilustrar todos los equívocos que existen entre belgas y neerlandeses que, caminando por Bruselas, pensar en Amsterdam y viceversa. Y la mayoría de clichés encuentran enseguida su confirmación también en la escena callejera: del mismo modo que en Amsterdam algunas personas ilustres, muy seguras de sí mismas, llegan a las recepciones más distinguidas en bicicleta, de igual modo en Bruselas el pordiosero más pobre va a toda pastilla con su Mercedes de tercera mano a comprar una cajetilla de cigarrillos a la vuelta de la esquina. Para los neerlandeses Bruselas debe de tener algo de una ciudad meridional, mientras que al belga medio eso ni siquiera le llama la atención como algo específico. La identidad es la mancha ciega en tu conciencia. La identidad es la incomprensibilidad del cliché. Vivir realmente en Bruselas significa estar dispuesto a relativizar, a olvidar en gran parte tu lugar, tu identidad, tu lengua, dedicarte por completo al carácter vital y en verdad cosmopolita de esta sociedad inconcebiblemente caótica: su cultura adaptada, su carencia de respeto por sí misma, su disipado sentido de la norma, su cínica falta de ordenación urbana. Quien quiera mantenerse allí como flamenco concienciado deberá limitarse a uno de los diez bares que son conocidos en los alrededores, donde se reúnen todos los flamencos residentes en Bruselas; esto significa, en concreto, que puede acabar moviéndose dentro de la ciudad en una suerte de pueblo flamenco brabanzón, una suerte de patria imaginaria y sofocante que debería de haberse dibujado con líneas invisibles dentro de una ciudad cosmopolita. Esto, por tanto, también significa que puede decidir ser bastante hortera y pequeñoflamenco en una ciudad que está afrancesada nada menos que en el ochenta por ciento. Pero si no tiene apego a su identidad provinciana de «minoría amenazada», nada le impide moverse por otra parte y disfrutar de lo mejor que Bélgica -este «corredor de Europa»- ofrece: una sensación que es contraria por completo a lo que te encuentras en Amsterdam. Tendrá que despedirse de la solidaridad, de la identidad, de la moral en el sentido decente y burgués, del comercio eficiente, del talento organizativo y de la autoconciencia crítica, renunciar a casi toda la nitidez en que pueden sopesarse las opiniones hasta el último gramo, pero en contrapartida ganará una suerte de ampliación de la personalidad que sólo puede asaltarte en ciudades cosmopolitas. Bruselas, se oye decir de vez en cuando, tiene tal vez más en común con Buenos Aires, en lo referente a mentalidad, que con Amsterdam (otro de esos clichés tan queridos por los bruselenses neerlandófonos; hablan con menosprecio de Amsterdam y la llaman un «pueblo de los pólders», y con ello demuestran que se les vuelve a pasar por alto el cosmopolitismo de esa ciudad, un cosmopolitismo orientado de manera totalmente distinta).
En cualquier caso, Bruselas deja una cosa clara enseguida: que existen dos clases de neerlandófonos: unos dieciséis millones que forman parte del ámbito germano y seis millones que forman parte del latino. Los conflictos culturales más profundos se pueden achacar en su mayor parte a esa fisura. La moda en Amsterdam muestra claramente la influencia de Berlín, Londres y Nueva York; la de Bruselas, la influencia de París y Milán. La arquitectura en Amsterdam tiene características de estilo que puedes volver a encontrar hasta más allá de Oslo; la de Bruselas posee aspectos que se hallan más allá de Roma. El diario Vrij Nederlands tiene algo del Times Literary Supplement; De Morgen parece haberse inspirado más bien en Libération. Los neerlandeses que se interesan por los programas literarios en el extranjero pueden oír hablar sobre libros en la televisión a Marcel Reich-Ranicki, pero un modelo extranjero para los flamencos fue durante años Apostrophes de Bernard Pivot. Para los intelectuales en Flandes Laure Adler es una pequeña celebridad que realiza inteligentes entrevistas en París, en los Países Bajos se lee a los filósofos franceses en traducción inglesa o alemana; el canal de televisión Arte se emite en Flandes en la versión francesa, y en los Países Bajos se emitiría indudablemente en la alemana. La generación de flamencos a la que pertenezco aprendía francés como segunda lengua (desde el primer año de colegio); los neerlandeses de mi edad tenían inglés de segunda lengua, que para mí era una tercera lengua. Eso sigue incidiendo después: ejemplos literarios, pintura, filosofía, formación del gusto. Antes de que nos demos cuenta estaremos asombrándonos de valoraciones totalmente distintas de obras literarias, películas, representaciones teatrales y otras cuestiones culturales, «mientras estamos hablando el mismo idioma». Como las personas tienden a pensar de manera egocéntrica, las dos comunidades neerlandófonas se tachan mutuamente de «tontas». Casi siempre por ambos lados se limitan a reducir las diferencias a la dicotomía calvinista-católico. Pero como explicación resulta insuficiente. Los protestantes flamencos se siguen pareciendo más a los católicos flamencos que a los calvinistas neerlandeses, y los católicos neerlandeses tienen poco en común con los flamencos. Una determinada clase de flamencos católicos anticuados, a su vez, tiene más en común con la acogedora mojigatería valona de los pequeños pueblos de lo que ellos mismos quieren admitir. Más bien las opciones históricas por esas dos religiones, también en el siglo XVI, han sido inspiradas respectivamente por la esfera de influencia germana y latina. Las raíces históricas de esos clichés aparecen una y otra vez por encima de la superficie. A los flamencos los neerlandeses les parecen «irritantemente americanos», y los neerlandeses piensan que los flamencos lo hacen todo «a la francesa». La mayoría de las expresiones neerlandesas en las que aparece la palabra «francés» no son en verdad positivas. Esa diferencia, basada en clichés inextirpables y a menudo estúpidos, no se puede tapar a través de la lengua, porque está profundamente arraigada en la cultura, y de ahí encuentra su camino hacia la psicología, la comunicación e incluso la moral pública, por mucha carga emocional que haya adquirido el tema en Bélgica durante los últimos años.

Y sin embargo. La «ligereza de la existencia» en Bruselas no te alcanza hasta que estás preparado para entregarte a las descuidadas zonas periféricas de idioma y sociedad, en las que, entre tanto, viven millones de personas de todas partes del mundo, que se expresan en idiomas que no son los suyos, arreglándoselas con un puñado de expresiones que han aprendido en la calle: inglés chapurreado, francés deformado, el dialecto bruselense en vías de extinción con su indisoluble trabazón de francés y brabanzón vulgar, una suerte de «flamenco suprarregional» terriblemente machacado, como lo denominaba Geert Van Istendael. Todo eso en una ciudad cuyo plano da muestras de un pasado colonialista nada inocente, una ciudad sin leyes con un Palacio de Justicia de una ostentación extrema, una ciudad con alquileres increíblemente elevados y gigantesca desocupación, jactancia y aberraciones, interminables conflictos comunitarios, ninguna lengua oficial, ninguna representación clara, y una burocracia hinchada hasta proporciones monstruosas que se aleja totalmente del lánguido tejido demográfico. En resumen, un caos, de modo que aún nadie puede tener la sensación de que se trate de su ciudad… precisamente son todas esas cosas las que me llevan a amar Bruselas y por las que siempre seguiré siendo a los ojos de mis amigos de Amsterdam un belga raro y a los ojos de los nacionalistas flamencos un traidor a la patria.
Porque Bruselas no es de nadie y es de todos. Tanto los flamencos nacionalistas como los nostálgicos movimientos valones le han vuelto la espalda a la ciudad. De todos los administradores, burócratas, políticos que toman decisiones sobre esta ciudad casi ninguno vive en ella. ¿Qué les podría importar la ruina? Desde sus feos edificios de oficinas y espléndidas habitaciones los flamencos van y vienen apresurados cada día a sus urbanizaciones de chalets en el campo, la clase de horrorosos cámpings de piedra que, entre tanto, se ha tragado todo el espacio público flamenco, y abandonan a diario su capital con frívola indiferencia. También entre los francófonos capitalinos y los valones de las zonas más rurales y pequeñas ciudades se está abriendo una grieta cada vez mayor. Lieja y Bruselas parecen estar en el mismo país sólo por casualidad; desde hace ya tiempo tampoco se puede hablar de solidaridad o colaboración. Bruselas es la tienda llena de mercancías podridas donde todo el mundo entra con la nariz tapada a robar lo que todavía no ha caducado, para luego desaparecer corriendo en su propia parcelación. Es una capital sin país y, por ello, también una ciudad sin responsabilidad o moral. En la división de Bélgica, Bruselas debía haberse convertido en la cuarta provincia independiente junto a las otras tres comunidades lingüísticas. Nadie tiene un plan consistente para la ciudad; nadie se rompe la cabeza con la función simbólica. Los gobiernos electoralistas europeos se han dado buena cuenta: todo lo que no te puedes permitir en ninguna otra parte puedes hacerlo en Bruselas. Nadie se preocupa. Si el dinero corre por debajo, todo está permitido. Por eso los verdaderos habitantes de la ciudad se ven impotentes para hacer frente al caos: se toman decisiones acerca de su ciudad en el mezquino ambiente de las provincias y en la privacidad de los lobbys internacionales, un ambiente que cada día penetra sin esfuerzo en el Parlamento. En la elogiada nueva Casa Flamenca «de cristal», donde tiene su sede el gobierno federal con su pueblerina seudotransparencia, corren los retóricos malabarismos flamenco-orientales, flamenco-occidentales, amberinos y limburgueses. Los políticos locales son «enviados» desde sus provincias a Bruselas para defender allí intereses locales. Nadie se preocupa por la ciudad en donde están discutiendo. Ni los flamencos ni los valones consideran Bruselas su capital, sólo lo hace la amustiada población bruselense y aquí y allá algunas personas con conciencia cultural, que casi siempre son tomados por unitarios belgas anticuados. En este vacío social se han establecido con ansia los especuladores, y eso se refleja en la ciudad. En Amsterdam, sus habitantes tienen algo que pinchar, pero en Bruselas no hay ningún bruselense en el poder. Los bruselenses se desenvuelven en la zona de penumbra. On se débrouille. Se sale del apuro. Y las autoridades municipales, que sí están compuestas por autóctonos, padecen con demasiada frecuencia del mezquino cáncer comunitario que bloquea de antemano todas las discusiones fundamentales. Los alcaldes de Bruselas parecen más crupieres jubilados que funcionarios interesados por la moral política. Todo eso se puede ver también en las chapuzas; Bruselas es una ciudad sin visión, y por eso se ha convertido en una jungla urbana con perspectivas inesperadas. Parece una gigantesca cocina en desorden, utilizada por innumerables inquilinos que no se sienten culpables por no lavar los platos. Bruselas es, por ello, una ciudad que vive de su indeterminabilidad; lo que, resulta bastante paradójico, de vez en cuando da lugar a la aparición de algo sublime en una vista de la ciudad, un terreno baldío o un barrio antiguo. Es el efecto de la indiferencia histórica, como se ha podido comprobar en la pelada y baldía Potzdamer Platz. La aparición relámpago de una sublimidad casi fílmica en un gran detalle, este estar cargado de inconcebible historia, arranca al paseante en Bruselas de su identidad familiar en sentido estricto. Esto último sí que no puede decirse de Amsterdam: allí sentirás demasiado pronto cuál es tu lugar, de qué formas parte y si formas parte de ellos o no.
En esa zona periférica de utilización indiferente de idioma y espacio radica todo el sentido y también el encanto putesco de Bruselas, como si el idioma se adaptara a la caótica planificación urbanística; ¿o ya era así y las personas han aprendido a hablar mal allí, según se construye? El meollo de la experiencia bruselense radica en el hecho de que el idioma allí es periférico, que de repente, ya sea en un acto oficial o en el garito más pequeño y mugriento, puedes percibir la sensación de que estás en todas partes y en ninguna al mismo tiempo, pues no puede averiguarse por lo que oyes hablar a tu alrededor, y tampoco puede verse, con la excepción quizá de que constatas que no hay normas para tu actitud y tu comportamiento, que en cualquier caso no existe ningún código secreto como el que decide en Amsterdam si perteneces o no al mundillo. Esa Bruselas tal vez sólo puedas descubrirla amando a uno de sus habitantes, para encontrar de esa manera un atajo hacia ese secreto excedente en los olores, los gestos y el ángulo de luz, que de otra forma sólo podrás percibir como persona ajena a la ciudad. Pero ¿cómo puedes estar a gusto culturalmente si amas una ciudad sin centro espiritual? Sólo en este no estar a gusto en ningún sitio, quizá, puedas coexistir de manera radical con una idea de una ciudad, con un plano utópico de la ciudad (para ello quizá tengas que dibujar con mayor precisión el cuerpo de tu amada). En ese instante en que empiezas a soñar con inexistentes planos de ciudades, éstas se deslizan unas sobre otras en tu recuerdo, incluso cuando son extremas, como Bruselas y Amsterdam. Y aunque sea impensable confundir el olor de una calle regada en Saint-Josse o Elsene con el de una en el Sur Antiguo de Amsterdam o junto al Kleine-Gartmanplantsoen, aún hay algo que sólo puedes llevar en ti mismo: el hecho de que, si quieres sentirte a gusto en Bruselas, Amsterdam o cualquier otra ciudad, no formas parte de nada salvo de las personas para quienes eres importante.
La megalomanía de la arquitectura barroca, combinada con el cínico deterioro de antiguos inmuebles valiosos en Bruselas, deja al paseante sin hogar, sencillamente por resistencia crítica; las viviendas apiladas unas encima de otras en una especie de Brujas desquiciada que a veces parece Amsterdam, hace que las personas de allí deseen la afirmación, la claridad, un hambre de visión general difícil de identificar, que a veces detesto intensamente y por completo, y otras no. Bruselas es la clase de ciudad que concuerda con la descripción que hace del mundo el filósofo francés de la decadencia Jean Baudrillard: la apariencia ocupa sin cesar el lugar de lo que creías descubrir; vives con el simulacro de una cultura. No es de extrañar que muchas personas en Bélgica encuentren muy plausibles las teorías de Baudrillard, mientras que en Amsterdam a muchas personas sus teorías les parecen puros disparates: no existe ninguna situación en que se sientan identificadas con ellas en concreto. Porque en los Países Bajos todo es «auténtico», al igual que todo en Bélgica «parece auténtico» pero no «es» auténtico. De ahí quizá también esos recurrentes malentendidos filosóficos entre personas que tienen Bruselas como capital y personas que sienten Amsterdam como la norma de su obrar y pensar: equívocos que tal vez podríamos resolver paseando por las respectivas calles y escuchando la ciudad por las noches mejor que dando conferencias con caballeros con trajes a medida, funcionarios envarados y administradores que nunca se dedican por completo a lo anónimo, en ese mar de detalles del que casi nadie habla, un conjunto inconcebible que dice todo sobre las culturas y sus limitaciones. No me interesa ser belga o flamenco, y tampoco querría, a los ojos de los neerlandeses, ser un ciudadano ideal de su país; los congresos y simposios donde hermanamos y disputamos me parecen embarazosos e inútiles. También soy consciente de ello en cada frase que escribo, y a menudo es difícil. Porque muchos flamencos sienten esas frases bastante neerlandesas y la mayoría de los neerlandeses las consideran bastante flamencas. Pero cada vez tengo más hambre de ese mar de detalles y de eso es de lo que más me gusta hablar con ese par de personas por las que he llegado a conocer todo. Las diferencias y las similitudes tienen que ver con mi cuerpo y mi historia, y viviendo esa historia encarno las dos cosas: lo que me separa y lo que me une.

El turista como Calígula

«Las crónicas fantásticas de viajes han dado color a la ciudad. En realidad es gris.»
-WALTER BENJAMIN, Nápoles

Muchos intelectuales han escrito declaraciones de amor a ciudades. Algunos a vuelapluma; otros, documentados y concienzudos, casi serviciales, como el libro de Robert Hughes sobre Barcelona, pero siempre lo han hecho con esa pizca de esnobismo del hombre que enseguida te asegura en el taxi del aeropuerto al hotel que te mostrará los lugares que no conocen los turistas estúpidos. La obsesión por la distinción.
El libro más original que se ha escrito sobre ciudades habla, sin embargo, no de amor, sino de repulsión: Contre Venisse (Contra Venecia) de Régis Debray, editado por Gallimard en París el año 1995.
Contra el consumismo cultural ligeramente sobreexcitado de los intelectuales parisinos, que desde la Muerte en Venecia de Visconti, basada en la novela de Thomas Mann, consideraban Venecia la ciudad donde debía experimentarse la variante posmoderna del existencialismo; contra el trasfondo de fiestas mundanas en los palazzi de amigos ricos, donde se oye el exclusivo tintineo de joyas étnicas progres pero impagables; contra el trasfondo de todo tipo de filosofías sobre el dorado veneciano o el carpaccio, Debray critica en principio Venecia de una manera tan refrescante que te dan ganas de volver a visitar la ciudad (en temporada baja, desde luego, como corresponde a tu sentido crítico, porque durante los meses de verano los europeos del Este que comen los bocadillos preparados por ellos mismos se han convertido en la actualidad en el incordio más reciente).

«Mientras no hayas asesinado la ilusión de Venecia que hay en ti, mientras no hayas desalentado cualquier papel, tendencia, pose, intento o meditación que pudiera adquirir el nombre “veneciano”, no habrás acabado con tu enemigo íntimo», así comienza el libro.
No se rebela tanto contra Venecia urbi como contra Venecia orbi, como él lo expone: no la ciudad en sí, sino la imagen que se ha creado de ella a los ojos del mundo entero, en el espíritu del entusiasta de la cultura, el fanático, la persona que flipa con el sueño en supertecnicolor de Venecia, la ciudad-concepto cultural con sus temas obligados y petrificados que han llegado a convertirse en clichés. Esta Venecia es la que quiere ver hundirse, extinguirse, supongo que, de ser necesario, haría que Archie el Señales de Mulisch la bombardeara. ¡Ojalá desapareciera para él esta irritante imagen! Aunque ha de confiar, lo admite enseguida, en que la Scuola Grande di San Rocco se mantenga en pie con su rígida arquitectura, naturalmente, por mor de los Tintoretto, tan impresionantes como remirados. Un poco más adelante define a Tintoretto como el fundador del cine, y no a los hermanos Lumière. Tal cual.

Empieza a adueñarse de nosotros cierta irritación debido a estas paradojas, pero bueno, seguimos leyendo. Este ajuste de cuentas con el esnob veneciano es demasiado divertido como para dejarlo a un lado. Lo más duro, se queja Debray, son sin embargo los expertos, que de forma confidencial te prometen, bajando algo la voz, que te mostrarán un trayecto por Venecia en el que no encontrarás ni un turista. Esta clase de turista es la peor, la más irritante. ¿Por qué? La respuesta es sorprendente, habla del propio Debray y no del esnob criticado. Porque estoy en contra de la vanidad, dice Debray. En realidad, estoy a favor del orgullo. Y el esnob cultural no tiene orgullo. Y más adelante Régis Debray –quizá le conozcan ustedes, el defensor de la libertad que en su día fue amigo del Che Guevara y prisionero político- cuenta de inmediato para facilitar las cosas que está en contra de las esencias y a favor de las existencias. Además –le gustan los opuestos y es sincero-, prefiere de la misma manera el Dies Irae al Aleluya, y sí, también prefiere el vino tinto normal al elitista champán. En resumen, confiesa magnánimo, «”soy” Nápoles y no Venecia».
En ese patético momento supremo de la argumentación, el lector intimidado, que durante todo el tiempo ha estado percatándose con culpabilidad de que en su época también fue uno de esos fanáticos de Venecia, estalla en una risa liberadora: nuestro enconado antiesnob se convierte con una sola palabra inesperada en el mayor de los superesnobs. Naturalmente, por ahora es más original (aunque…) amar Nápoles antes que Venecia, pero pura y exclusivamente porque la gente que se entusiasma con Venecia va haciéndose cada día más estúpida y repulsiva (yo mismo hace poco tuve que pasar una noche en la ciudad antes de seguir viajando; un norteamericano que estaba a mi lado en el vaporetto me preguntó a la altura del barrio San Tomá: «Sorry sir, is this Venice?» A lo cual le respondí: «No, next stop». Me dio las gracias amablemente). Pero lo que Debray hace aquí llega mucho más lejos: a medida que avanza su perorata contra Venecia, notamos que maneja Nápoles como un paradigma, como un contraparadigma en la lucha contra Venecia. En otras palabras, para él Nápoles se convierte en lo que Venecia es para sus enemigos: la ciudad de la que se nutre para sentirse especial. La tragicomedia del juego que Debray juega de esa manera con nosotros y consigo mismo radica en el hecho de que no parece comprender que justo está convirtiéndose de manera radical en la caricatura que le reprocha al peregrino de Venecia y así, sencillamente, encarna el siguiente paso de cualquier fatigado peregrino de Venecia: que él también va en busca de su mismísima imagen de la Experiencia, proyectada en una ciudad.

Cualquier fatigado peregrino de Venecia debe de hartarse algún día de su propia locura y descubrir Nápoles: el peligro radica en que al pie del Vesubio se reencuentre con todos los fanáticos de Venecia tan denostados, étonnés de se trouver ensemble. Con ello su crítica a Venecia recae al nivel del gordo en una terraza que después de tres capuchinos, glup, dice no gracias y, a continuación, pide un whisky o un agua con gas, usted mismo puede marcar con una cruz lo que prefiera (también puede levantarse y poner verde a la gente en la terraza del Florian. Todo es posible. Sin embargo, no podemos escapar de nuestra propia sombra, que siempre intenta encontrar una y otra vez un camino hacia su propia exclusividad).
El hombre que se siente «Nápoles» porque abomina de la gente de Venecia cae, desde luego, en una parodia de la crítica, retórica y fatalmente, y sólo se merece que se rían de él un par de avispados napolitanos del tipo que nos imaginamos en las caricaturas; o, por lo que a mí respecta, que caiga presa del furioso corso de Astérix: «¡Ajá, te gusta mi hermana, eres bastante atrevido, te voy a estrangular! ¿Qué dices, que no te gusta mi hermana? ¿Acaso le pasa algo? ¡Ándate con cuidado si no quieres que te rebañe el pescuezo!».

¡Ah, Nápoles! La fabulosa bahía, los efebos mafiosos, la histérica cursilería mariana y el vociferante gordo Pavarotti… ¿Quién escribirá una libro contra el Nápoles de Debray? El intelectual que la toma con la cursilería de lo intelectual mediante una bravata vitalista es en realidad el intelectual genuino, el supernostálgico; se disfraza de avispado viejo sesentaiochista, demuestra que aún está fuerte y puede ir tras las chicas, empina el codo un poco en exceso, se ríe con cinismo en cada exaltación de los jóvenes amantes que le rodean y por las noches pone caras ante el espejo con profunda pena por las arrugas que salen con una rapidez aterradora. Pero a hurtadillas sigue estando tras la imagen del Primero, sólo que se ha hecho más avispado, más taimado, porque ha experimentado el mono y las resacas, las desilusiones y los trampantojos.
No, entonces llega Bruce Chatwin: de inmediato a la Patagonia, al igual que Rimbaud se fue al desierto y se dedicó al comercio de armas.
Tampoco Debray se escapa de la maldición posmoderna de la imposibilidad del exotismo, y cuanto más huimos de ella, tanto más nos coge por el cuello. En otras palabras: el último «tic» veneciano, la última tendencia veneciana en Debray, esa última debilidad fatal se llama Nápoles. No ha logrado desterrar Venecia de su pensamiento; lo que pasa es que ahora se llama Nápoles.
Si quieres agua y barquitos puedes encontrarlos igual en Amsterdam, Bangkok o Brujas, dice nuestro anti-Parisien. Fíjense en esa palabra emparedada con desenvoltura entre Amsterdam y Brujas: Debray conoce su mundo.
«El secreto (de Venecia) se encuentra en otra parte; en la repentina alegría que proporciona el juego. Venecia hace de ciudad y nosotros hacemos como si la descubriéramos. Como muchachos juguetones o actores. Durante un breve período de tiempo dilatado dejamos a un lado la seriedad de la vida en beneficio del como si del espectáculo de la vida, algo parecido a un viaje en globo.»

Quien diga que este aspecto lúdico de cualquier ciudad le resulta un inconveniente está manifestando que cree poder encontrar lo «auténtico» y lo «real» en otras partes; el contraste entre Venecia y Nápoles entonces no es tanto lo elegante frente a lo vital, sino el «teatro» frente a la realidad (y de hecho, también: la relativización de uno mismo y la ironía en oposición a la seriedad misionera del antiesnob). Debray elabora de manera explícita ese contraste: «Yo, yo no soy ningún teatro (…) yo soy Nápoles».
En otras palabras, aquí tenemos de nuevo ante nosotros a un plasta moralizante que piensa que debe proteger la realidad contra la ilusión, porque su narcisismo le impide ver qué «teatral» es cualquier presunción de «autenticidad» si le deniegas después el derecho a lo otro. O más aún: rechazando el «teatro» de Venecia, Debray muestra penosamente la poca comprensión que tiene de su propio teatrito napolitano. (Incluso La Fenice, entre tanto quemada como por deseo de Debray, se lleva lo suyo como la falsedad veneciana hecha forma; ¿acaso sería por eso por lo que le gustaba tanto al irónico Stravinsky?).

Seamos realistas: a ninguna persona sensata se le ocurriría contradecir a Debray en su repulsa hacia el ojo somnoliento sorbedor de Campari con gorra de béisbol y cámara portátil en una terraza hortera situada en una de las callejuelas entre San Marcos y La Fenice (aunque ese desprecio hacia el deleite del hombre humilde desde luego no es que pueda definirse como muy «napolitano»).
Pero cuando entre suspiros dice que para ver canalitos y barquitos puedes irte igualmente a Brujas o a Amsterdam, está suponiendo entonces que allí no hay teatro. Suponer que estas dos ciudades, que con bastante ironía se llaman tercamente a sí mismas desde tiempos inmemoriales la «Venecia del norte», no constituyen un decorado para el turista, que no son una realidad virtual para el fanático de la cultura, es de hecho un penoso error. Aunque también vivan allí, en Brujas y Amsterdam, «personas normales» (no ha hablado con ellas, de lo contrario le habrían desengañado), como por supuesto en Venecia también las hay. Lo único que ocurre es que se ocultan mucho más al turista, porque viven bajo una presión mucho mayor del carácter virtual de su ciudad. Los venecianos son, en cierto sentido, huraños y retraídos, y es un hecho que la gente joven allí sólo puede languidecer. Es evidente que el veneciano padece el fragor embrutecedor de esas incesantes masas de curiosos embobados que pasan arrastrando los pies y que, además, también tiene que vivir de ellos. Un espíritu «comprometido» como Debray habría hecho mucho mejor encendiendo su brillante inteligencia al tratar esa realidad social, esta clase específica de proletariado de las vacaciones, en lugar de proclamar que en Nápoles aún hay personas normales y en Venecia no. Para el autóctono de Venecia ese alegato debe de tener algo de surrealista: alguien que compra una entrada para el teatro, entra en él y se pone a gritar ante el escenario que todo es puro teatro. Claro que, si ése es su problema, también habría podido empezar a platicar entre bastidores, preferentemente después de la representación; ahora que lo ha hecho en medio de la representación y justo ante el escenario, se parece al pesado fanfarrón que quiere llamar la atención en la terraza gritándonos que beber Coca-Cola es capitalista, tras lo cual se termina de beber su cerveza; más aún, se convierte en el superactor que quiere hacer callar a todos los actores alterando la representación. Ser inteligente es algo distinto, quizá ser napolitano también, pero de esto último no estoy tan seguro.

Qué diferente la mirada de este hombre aburrido de la mirada curiosa de Dominique Fernandez, que en un ensayo sobre Venecia, en el libro Le promeneur amoureux (El paseante enamorado), llega enseguida al quid: la población se ha reducido casi a la mitad desde 1950. Venecia es, en la era de la explosión demográfica, la única ciudad que se ha despoblado de manera tan drástica. Todavía no se ha encontrado ningún remedio para detener de forma definitiva el hundimiento de la ciudad. Existe la posibilidad de que nuestros nietos lleguen a conocer todos estos lugares por donde hemos caminado, comido y bebido y amado, tan sólo como una historia. Fernandez ve surgir una especie de segundo Torcello: una ciudad abandonada por los seres humanos y poblada por ruinas, recuerdos y fango. Pero no hay otra solución; la propuesta del ministro italiano, que hace algunos años lanzó la idea de hacer del Gran Canal un ancho bulevar moderno que llegaría hasta la dársena, es absurda, no tanto porque sería «brutal», como porque afectaría a la ciudad en su única razón de ser económica. La completa y moderna apertura de Venecia, si se construyera una carretera donde ahora está el agua, privaría a la ciudad de la razón por la que se visita. Fernandez se fija en los problemas de los residentes autóctonos, a los que puedes encontrar desenvueltos sólo durante el invierno. En esos instantes, lejos del agitado vacío del verano, las acciones de los originarios habitantes de la ciudad vuelven a impregnarse del esplendor de todas las ciudades al borde del mar; los puestos de pescado con su exposición surrealista se convierten en parte de una evidencia sin la mirada voyeurista del turista, las cosas vuelven a ser por ellas mismas y no por el otro, que siempre es un esnob porque no está en casa. Jan Morris, que es quien más ha escrito sobre esta ciudad, siempre se ha concentrado en el efecto simbólico de lo cotidiano, lo habitual; la única manera de no perder Venecia y, sin embargo, fijarse en todos los problemas junto a los que ha pasado Debray groseramente y sin ver nada, de camino al fantasma de su cabeza. Los únicos que aún siguen enmarañados en el mito de Venecia construido por los siglos pasados, dice Fernandez, son los que sólo pueden asociar la ciudad con la muerte y la decadencia… Y acerca de Nápoles observa que precisamente le gusta tanto esa ciudad porque «le sustrae de su estrecha identidad, para sucumbir en una nube de experiencias imprecisas…».

Pero quizá esté siendo ahora un poco injusto con Debray. Él sí que tiene idea de la existencia de un trasfondo y una vida moderna en Venecia… y muestra con un poco de orgullo irritante que ha caído en ello (ya se sabe, el orgullo del aburrido peregrino de Venecia que conoce las opciones). Habla con simpatía de intención blasfema sobre el desierto industrial de Mestre, sobre la tierra de nadie que conforma el Piazzale Roma, o el terreno desolado entre la estación y las grandes y feísimas torres de aparcamiento; en efecto, los lugares donde se muestra la realidad palmaria y reprimida de Venecia. «El otro lado del espejo» llama, con razón, a esos lugares. Se podrían llamar igualmente la trastienda de la industria turística.
Yo mismo, sin embargo, me pregunto contra qué molinos de viento quiere luchar Debray arremetiendo de manera tan enconada y a lo largo de todo un libro contra el carácter aparente de Venecia. Porque ¿quién, en nombre del cielo, va a Venecia sin ser consciente de estos efectos espejo? ¿Quién ha afirmado alguna vez que vamos a Venecia por lo «auténtico»? Sólo cuando plantea con espanto que Venecia es una especie de teatro viviente parece empezar a comprender algo, pero simplemente pasa por ahí de refilón: aquí, en un análisis de la retórica y la ironía en Venecia, habría podido desarrollar una crítica que hubiera sido menos destartalada y hubiera dado algunas muestras más de autocrítica.
No hay ningún neoyorquino que dude del aspecto específicamente urbano, que consiste en que uno debe «interpretar» de nuevo cada día la ciudad para permitir que exista como ciudad, como el decorado de ideas de un sentimiento vital específico que se mantiene mediante rituales.
Peter Handke resumió esto una vez a la perfección:
«Como si toda la gente, en cualquier parte del mundo, día tras día, tuviera el cometido de dar una imagen: el cometido de ser una imagen para los demás: la mujer camina ahora como “un ama de casa que va a la compra junto a un charco en el que caen las gotas de lluvia, pasando por delante de una estación de autobuses”, y más lejos pasa uno como “el hombre con paraguas”; al ofrecer cada uno su imagen, ayuda al otro (por lo menos a mí).»
– Fantasías de la repetición. (Trad. E. Barjau y Y. García)

A Debray no le gustan semejantes figurantes urbanos, mucho menos si realizan este juego de manera profesional, porque «en Nápoles uno es amateur y figurante, pero en Venecia, figurante profesional». Aquí, por tanto, se ve un plumero muy extraño: nuestro viejo izquierdista Savonarola es «amateur» en Nápoles; ser amateur, el arrobamiento más típico de todos los arrobamientos venecianos. ¿Qué? ¿Matar el último impulso veneciano en sí mismo? El librito de Debray es todo él una oda a cierto sentimiento veneciano, la sensación de ser especial y diferente en Italia.

Mira, naturalmente Venecia es horripilante: el calor, los barcos repletos, el hedor del agua contaminada, el sudor de todos esos portadores de bermudas, ese frenético relampagueo de cámaras fotográficas japonesas, esa gente bronceada y con gorritas, esa manada de gafas de sol, la charleta seudoprofunda de los asistentes a la Biennale, los mohínes pretenciosos de las estudiantes norteamericanas escribiendo en sus diarios. Sólo pensarlo me produce gases, pero por supuesto que yo también estuve tumbado en una habitación barata con una de esas estudiantes norteamericanas y con el acompañamiento del chapoteo del agua afuera, tan aborrecido por Debray, y la conversación con la que logré camelarla trataba, por supuesto, sobre la magnificencia de Venecia y lo agradable que resulta la escritura de diarios. Qué se había creído. Y, cuando vuelvo a pensar en ello, en mi cuerpo se producen reacciones que nada tienen que ver con los gases.
¿Hay que polemizar con los propios prejuicios anteriores? No puede hacer ningún mal, pero uno tiene que darse cuenta de que a menudo ha recorrido menos camino del que pensaba; o que, en cualquier caso, quizá sí que reaccionara a través de otros objetos, pero que existe la posibilidad de que uno aún se encuentre pegado a su guión. Doloroso, y molesto, ya nos lo sabemos de pe a pa, sobre todo si vamos a Venecia: allí nos ponen ante las narices la relatividad de nuestras opiniones. En Nápoles, en lo que a esto respecta, estás desde luego algo más seguro: te molestan menos las miradas críticas de alrededor.

¿Cómo pueden los propios venecianos mantener la cabeza fría ante semejante espectáculo?, se pregunta Debray.
«Eso es posible gracias a la paradoja del comediante. Pero qué importa si los venecianos natos creen o no creen en Venecia, si el popolo minoto, propulsado sobre las pasarelas por la masa de recién llegados, comprende que el espectáculo debe continuar porque es su trabajo y una vieja costumbre. El espectáculo se encuentra en la sala, y la sala es la calle. Mira arriba. Balcones con flores, puentes de hierro forjado, insignias, pantallas de lámpara, cabezas de piedra y bonitas caras que van saltando del tenderete a la tiendecita, todos los accesorios están donde deberían estar; Goldoni puede empezar. Pequeña pincelada vanguardista: el director ha mandado colocar incluso una estatua del autor en un rincón de la escena, Campo San Bartolomeo.»
Fíjate, así de bien sabe camelar el antiguo amante de Venecia, Régis Debray, así de mordaz puede mostrarse al hablar de su amor renegado, así de avinagrado por el detalle más delicado que ha observado con verdadera atención, propia de Canaletto; así de enconado es el intento de reprimir lo que vuelve a saltar a la vista con todo su encanto en las negaciones: el mismo Debray fue una vez ese fanático de Venecia, está tan rematadamente loco por esa imagen imposible que le enfada la resignación del veneciano normal que ha aprendido a vivir con este juego, de manera sutil, en aras de su bocadillo diario; ni más ni menos que como el camarero que le lleva la cerveza a la terraza de Les deux Magots en París. Este antiguo defensor de la libertad tercermundista está tan indignado estéticamente que no acierta a entender que, para ganarse el pan, las personas sigan viviendo cara a cara con una amante desencantada, que prefieran untar sus arrugas con afeites a ahogarla en la bahía de una utópica Nápoles. A ese veneciano «normal», estoy seguro, le gusta también más el vino tinto que el champán, más el Dies Irae que el Aleluya, quizá vaya incluso de vacaciones a Nápoles, pero lo que no tiene es, además, un sentido tan refinado de mírame-lo-diferente-que-soy. Lo tragicómico en el rapapolvo de Debray es que cumple una función separatista: cultivando el antagonismo Venecia-Nápoles hasta convertirlo en una lucha paradigmática, nuestro revolucionario cae por completo en el discurso de despedida del loco Umberto Bossi, si bien desde una dirección ideológica opuesta, porque también Bossi ve dos Italias irreconciliables. Etonnés de se trouver ensemble, una vez más.

Sin embargo, para Debray las oposiciones van aún mucho más lejos: Venecia vive de una sonrisa de esfinge, Nápoles de la risa estentórea; Venecia es un lugar de la cultura (lieu de culture), Nápoles un lugar del culto (lieu de culte, en el sentido pagano); Venecia tiene estilo, Nápoles tiene un tono; Nápoles revela temperamento, Venecia educación; Nápoles apela al ojo del fotógrafo callejero (¡ay, la coquetería obligada con los clichés propios de Walter Benjamin), Venecia apela al ojo de los pintores… así que esto último, por lo visto, tampoco está moralmente del todo en orden: se relaciona con el pérfido deseo de lo pintoresco, el mundo del pintor. He de decir que el mundo del pintor me parece en cierta medida más soportable que los kilómetros de carretes de fotos de los japoneses. Pero estará claro: aquí está hablando alguien que hace un momento acaba de hacer un amigo en Nápoles y que, orgulloso, quiere anunciarlo al mundo; además, como el fatigado parisino que es, se deja arrastrar encantado hacia dos cosas: por un lado, el entusiasmo del exotismo, la afluencia hacia un horizonte inclinado (conocido por todas las agencias de viajes alternativas), y por otro la charla polarizante de su nuevo amigo, una manera de hablar que es típica de las personas en la periferia que se llaman a sí mismas desenvueltas y, por tanto, odian el norte como el norte los desprecia. Allora basta! ¡Fuera los esnobs del norte!
Todos temas de conversación emocionantes, no lo niego, pero de Debray esperas desde luego algo más de criterio en la estructura de sus propios deseos. En realidad, quiere lo exótico sólo para no tener que mirar en el espejo de su fatiga. El esnob al que odia se encuentra muy dentro de él mismo, bien encerrado tras la puertecita de lo que Freud llamó en su día die Verwerfung (el rechazo o la forclusión). En Debray vive un destructor de ciudades en potencia, un hombre que detesta la cultura, un hombre al que le habría gustado vivir en directo el ocaso de Pompeya, pero preferiblemente desde su terraza napolitana.
Y en lo que al ojo pictórico del amante de Venecia respecta: es obvio que Debray no se da cuenta del hecho de que John Ruskin, pintando innumerables detalles venecianos, puso en marcha esos razonamientos morales sobre Venecia como la Gran Puta… También aquí se encuentra nuestro cámara callejero en compañía inesperadamente conservadora con alguien al que tomaba por un oponente. Polemizar de forma pintoresca se ha convertido en el cruel destino de este exterminador de ciudades diletante, de este librito indicado especialmente sobre todo para ser leído en la terraza del Café Florian: la repulsa de Venecia, el esnobismo más novedoso del hombre que afirma conocer Venecia de cabo a rabo. La dialéctica de la negación se arrastra por donde él no puede ir; eso hace la vida a veces bufonescamente bonita.

Algo menos hilarante me parece la visión del arte que se atisba a través de la argumentación de Debray, una argumentación con impresionantes reminiscencias estalinistas aquí y allá.
A primera vista esta argumentación parece un poco inocente y patética, pero tras ella se esconde una ideología: pensando en las artificiales artes de la perniciosa Venecia, Debray dice entre suspiros que los esquimales todavía hoy siguen trabajando el marfil para «sacar de él al reno que tirita en silencio en el salvaje material». Llama a este arte una cuestión de «confianza en la luz natural, en el espacio exterior, en los puntos de vista cambiantes del transeúnte observador», con el don de «sumergir de nuevo el arte en la vida». ¡Bingo! Este hombre, que hace un momento estaba parloteando sobre si Nápoles era un lugar de culto, por lo visto no sabe que el arte Inuit no tiene nada que ver con su ansia de realismo, sino que es todo… culto. Pero confiesa que en absoluto le interesan las obras de arte y, por el contrario, sí «los estigmas del invisible transcurrir del tiempo», o incluso: «las formas vivas que duermen en la roca». Todo esto, no hay que olvidarlo, sólo se emplea como metáfora del sentimiento vital que asocia con Nápoles y por el que aborrece Venecia. Es la ingenua creencia en el mundo exterior objetivo con su «belleza natural», conocida por doquier y ya refutada del todo por Schelling, un punto de vista que sólo se puede aducir filosóficamente si uno se niega a reflexionar sobre cómo la propia mirada humana está de continuo organizando, registrando y, por fin, creando esta misma belleza (de lo contrario los rebecos y los gorilas se quedarían mirando fijamente el paisaje con devoción). El rapsoda de la «belleza natural» no quiere comprender, por lo visto, que en esencia no existe ninguna diferencia entre la percepción de la belleza paisajística y urbana. ¡Ah, ni siquiera eso es malo en sí! El efecto de la «belleza existente de forma natural» es, por supuesto, en extremo agradable, aunque sea yo mismo quien lo haya realizado de manera inconsciente. ¡Dios me libre de tener que ser consciente de ello todo el tiempo! Yo mismo caigo una y otra vez, por supuesto, en lo que llamo «belleza natural» (sobre todo con las personas), y tampoco tengo nada en cont

Gepubliceerd op 25 Aug 08 @ 21:37

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