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Intercity - Ciudades
«A city becomes a world when you love one of its inhabitants...»
-LAWRENCE DURRELL
Lawrence Durrell, un escritor ahora casi olvidado que hizo furor en la década de los años sesenta con su novela en cuatro volúmenes El Cuarteto de Alejandría, en su descripción de la misteriosa e impenetrable Justine iba deambulando una y otra vez por las calles y callejuelas de Alejandría en busca de algo que no podía captar, de algo que parecía esconderse como una promesa en el cuerpo de la mujer deseada y que, una y otra vez, se le volvía a escapar o, al menos, le superaba.
Lo que su flemático personaje Darley va desvelando en pequeñas dosis sobre los secretos de esta ciudad, parece existir de manera concreta y tangible en el cuerpo de Justine, pero el laberinto de la ciudad le muestra a su vez que hay mucho más; las calles cuentan en críptico lenguaje que en esa mujer se esconde algo más complicado, algo que se extiende en el tiempo y en el espacio y que sólo se puede descifrar como una alegoría en el cuerpo de su amada Justine; por ello, la ciudad se convierte, de hecho, en la alegoría de su cuerpo y sus secretos, y su cuerpo en la clave que lleva a los secretos de la ciudad.
La ciudad y el cuerpo de la amada se transforman mutuamente, adoptan sus atributos y disfraces recíprocos. El espejismo de una calle tras la lluvia y la piel sudada de una amante a la que acabamos de abandonar –aunque la hayamos conocido ahora mismo-, ambos se muestran en su máximo grado de intensidad cuando los echamos de menos. La amante ocupa tus pensamientos cuando vas vagando solo por la ciudad que has conocido por mediación de ella; y ves una y otra vez en insospechadas perspectivas oníricas las calles de la ciudad que empiezas a amar cuando te duermes al ritmo de su respiración.
Una ciudad no se llega a conocer bien hasta que no se ama a uno de sus habitantes; sólo entonces adquiere importancia cualquier retazo de periódico que el viento arrastra hasta la acera, cualquier rostro ha de decirte algo, tras cada esquina algo que puede detener el sueño o hacer que subsista. El caminar por ciudades que evolucionan a través de un nuevo amor tiene algo de constante peligro amenazante, estás ojo avizor porque un detalle insignificante puede mandarte a casa más solo que la una, de vuelta a la salida, haciendo dedo en la autopista, o de pie en un andén con el periódico en el que aparece una fecha que quisieras olvidar lo antes posible.
Conocí Amsterdam hará ahora casi veinte años en una pequeña isla griega, porque allí me abordó una chica joven de Amsterdam en el postrero sol de la tarde. Yo acababa de despedir agitando la mano a alguien que partía con un bote de la bahía poco profunda. A mi espalda se encontraba la pequeña terraza, algo mugrienta, de esa parte de la isla -por lo demás deshabitada- donde unas cincuenta personas dormíamos por la noche en la playa. Despedía al amigo mientras meneaba la cabeza por los malentendidos que habían surgido entre nosotros; me quedé un momento más mirando el agua que resplandecía al sol y me giré. La vi sentada, y fue como si me hubieran dado una bofetada. Se había recogido el largo cabello rojo y las piernas descansaban sobre una pequeña silla que se había arrimado. Estaba sentada tan tranquila liándose un cigarrillo, me miró con esos brillantes ojos verdes y dijo: «Tío, se te ha quemado la nariz». Esbozó una amplia sonrisa y señaló una silla a su lado. Me dirigí hacia ella, me toqué la nariz con la punta del dedo, comprendí que acababa de hacer una estupidez, me partí de risa, recogí de sus manos el cigarrillo que acababa de liar, me incliné hacia ella y recibí fuego. Lió otro. Nos reímos los dos. El tabaco picaba. La adrenalina nos fue subiendo poco a poco mientras guardábamos silencio. En las áridas colinas situadas a nuestras espaldas pacían algunas cabras. Todo el mundo oteaba el mar y esperaba a esa única chalana que volvía a traer verduras, fruta y carne para un día, de manera que el hombre viejo y silencioso nos pudiera preparar a todos la comida en la casucha de hormigón. Horas después estábamos bañándonos en la salada y poco profunda bahía, se nos clavaban en los pies las púas de los erizos de mar, se levantó de repente el viento desde las montañas y ya casi no pudimos avanzar mientras nadábamos de regreso; al cabo de un tiempo, alcanzamos la playa extenuados y nos quedamos tumbados jadeando, el uno en los brazos del otro. La repentina sensación de que en el mundo todo es posible en el mismo instante. Las primeras estrellas aparecieron sobre la tierra deshabitada y vacía. Fumábamos y mirábamos. Estuvimos juntos una semana y después cada uno se fue por su lado. Pasé algunos días confusos en Atenas, pero tenía la sensación de que a partir de ese momento sólo me quedaba un camino abierto: el de Amsterdam. Volví a verla un mes y medio más tarde en una calle del Pijp y me quedé sin aliento. Luego compartiría con ella cuatro años de mi vida. Pero mucho tiempo después, tras esos cuatro años, aún sigue quedando algo que me acompañará siempre; cuando voy a su casa a tomar café, cuando paseamos juntos de tarde en tarde, o nos sentamos en una taberna como hermano y hermana, preocupados el uno por el otro o felices porque el otro es ése: todo eso está indisolublemente unido a Amsterdam, tiene el olor del agua de los canales o el bullicio de la Leidseplein a las dos y media de la noche, suena como el clic del peldaño cuando bajas del tranvía; un sonido que, en los primeros meses después de mi partida, me perseguía hasta en sueños como el símbolo de lo que había perdido, porque nunca fui capaz de elegir. Amsterdam se había convertido, desde luego, en un hogar. Cada vez que entraba en la ciudad, veía a lo lejos el edificio de la Frederiksplein, aparcaba en una de las calles con nombres de pintores paisajistas del siglo XVII, luego iba con ella por el mercadillo de Albert Cuyp, hacía compras y nos llevábamos a su pequeña buhardilla los aromas de canela, curry y aceitunas, sabía que había llegado a mi hogar más que en ningún otra parte del mundo y, sin embargo, era un hogar del que sólo podía disfrutar si ese otro hogar, en la lejana Bélgica, estaba también ahí. Aprendí a conocer la ciudad de dentro hacia fuera, como la conocen las personas que llevan viviendo mucho tiempo allí. Adopté costumbres, cosas que se hacen a horas determinadas, cosas que haces preferiblemente en domingo (un café en el Stedelijk o una excursión en bicicleta fuera de la ciudad siguiendo el curso del Amstel, por ejemplo), pero también las cosas habituales que sólo puedes hacer durante la semana y, por lo demás, todas las cosas que de alguna manera haces o experimentas porque al fin y al cabo estás ahí y vas por tu propia vida: cocinar comida india, ponerte a hablar en la Marnixstraat con una pareja que se pelea, citarte en Frascati, emborracharte en el café De Jaren, Los Años, que todavía no existía, pero la imagen me viene que ni pintada. Aprendí las extrañas paradojas de una ciudad donde compraba libros sin sospechar que algún día yo mismo publicaría, aprendí lo estrecho y lo amplio, fui con mi novia de visita a casa de toda clase de amigos y conocidos, registré con ella todos los bares, a veces tenía la sensación de que en esa ciudad se podía hacer de todo y, a la vez, que todo estaba terriblemente reglado. Quien se dé cuenta de cómo funciona esa última interacción, así peroraba yo, empieza a entender algo de Amsterdam; pero el código nunca se conoce de manera expresa. Nadie te lo comunica, tú mismo debes procurar averiguarlo y cada señal posee un significado específico; significados que en mi ciudad natal del viejo Flandes eran muy distintos. Empecé a traducir –por así decirlo- a otra lengua gestos, una mirada, una frase quebrada de manera muy significativa, una mano agitándose, en una ciudad que, satisfecha de sí misma, como pasa con la mayoría de las grandes ciudades, se reflejaba continuamente en sus habitantes, que combinan un gran sentido de la solidaridad con un siempre posible encogimiento de hombros dirigido hacia el otro y hacia el lugar donde viven. El laberinto se fue descubriendo poco a poco y, hasta que lo uno y lo otro no se me empezó a aclarar, no vi lo desnudo que yo mismo había estado ante mis amigos y conocidos de la ciudad. No sólo se convirtió el cuerpo de la ciudad en el cuerpo de la mujer a quien amaba, sino que también aprendí que la ciudad se convertía cada vez más en un espejo para mi ser-distinto, el hecho de haber crecido en un ámbito muy diferente. Y aunque intenté aprender de la manera más rápida posible todo lo inapreciable que se podía aprender (las expresiones en la panadería, por ejemplo, de las que no podía utilizar ni una de mi lengua vernácula), sólo descubrí que, en esa creciente intimidad con la ciudad, empezaba a comprender cada vez con mayor intensidad los mínimos aspectos de mi existencia como marginal. Con el transcurso del tiempo conocí los matices de las estaciones en una calle de Amsterdam, el sonido nocturno de los petardos por nochevieja y la sensación de vacío después de que estallaran en una calle llena de coches aparcados, los recurrentes tres tonos ascendentes de las ambulancias por las noches. Qué distinto era un miércoles lluvioso allí en comparación con un miércoles en la ciudad de donde yo procedía y a la que regresaba una y otra vez. Aprendí dónde estaban los puntos sensibles para el habitante medio de la ciudad y la mejor manera en que podías tratar con ellos, cómo podías aclarar cosas que en un principio pensabas que eran imposibles de explicar. Aprendí a intuir un poco cómo se sentían a menudo los emigrantes en mi propia ciudad y acaso también en esta ciudad; también aprendí lo atípica y al mismo tiempo absolutamente representativa que es Amsterdam del resto de los Países Bajos. Todo son clichés, es cierto, pero los clichés empiezan a tomar vida cuando estás en algún sitio y, lo que creías dejar atrás, te vuelve a dar un golpecito en el hombro. Se halla en muchos pequeños matices, en la manera en que dices algo, en una mirada, en todo ese idioma que llegué a conocer de cerca porque alguien me amaba y yo a ella. Es ese remanente inconcebible que reconozco entre tanto al leer un libro de un escritor de Amsterdam, cosas que no soy capaz de explicar aunque estoy seguro de que la mayoría de personas en Bélgica sólo ven palabras donde yo, al igual que todos aquellos que han pasado una temporada en Amsterdam, percibo un olor específico o veo una habitación con vistas a un jardín interior o adivino un tic implícito típico de Amsterdam. A veces en una frase casual oigo cómo suenan las palabras en una estrecha escalera con bicicletas colgadas de un gancho, cómo el sonido de un timbre va indisolublemente unido a la cuerda del rellano del piso con la que se abre el cerrojo de la puerta de la calle; lo que dicen entre otras cosas las personas cuando están esperando en un restaurante hasta que quede libre la mesa que reservaron, o recuerdo que para un recién llegado borracho puede ser útil no olvidar la frasecilla «Piet Koopt Hoge Schoenen» (un método mnemotécnico para retener en la memoria la sucesión de los canales circulares: Prinsengracht, Keizersgracht, Herengracht, Singel).
Quizá haya que atreverse a escribir de clichés, sobre todo si quieres saber en quién te has convertido. Están las cosas que te persiguen cuando vienes con menor frecuencia a Amsterdam: el sabor del café con leche (la leche calentada en una pequeña cazuela, al belga le parece algo [...Lees meer] |
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