| ESSAY |
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El ángel de la metamorfosis
Sobre el motivo de los insectos en el arte de Jan Fabre
“Pardonnons donc à cette extravagante nation ses costumes métalliques”.
Jean-Henri Fabre
En su introducción a Le monde merveilleux des insectes, el famoso entomólogo francés Jean-Henri Fabre (1823-1915) describe el mundo variopinto de los escarabajos. Hace uso de tanta retórica militar y burguesa que, en parte de paso y tal vez sin quererlo, da una imagen reveladora de la mirada colonialista del siglo diecinueve sobre las llamadas culturas “exóticas”. El asombro pequeñoburgués ante todo lo que le parece extraño y exótico –Fabre da como ejemplo el extravagante atavío de los polinesios– constituye el punto de partida para la aplicada actitud que según él tiene que asumir el lector aficionado al acercarse a este tema, la entomología. Se despliega todo el registro de maravillas: pendientes con los que los lóbulos de las orejas llegan hasta los hombros, una espina de pescado que atraviesa la nariz, una concha en el labio inferior ensanchado, son, para el anticuado erudito provenzal Jean-Henri Fabre, estímulos para la reflexión moral en relación con los usos de la moda del hombre occidental contemporáneo, dado que, según él, finalmente resultan semejantes, aunque sean menos extremos. ¡Pues nuestras mujeres se pintan de la misma manera! Antropología en el boudoir.
En el mismo estilo ingenuo y didáctico se refiere a un pueblo aún más extraño, con el que la comparación resulta casi imposible: seres que llevan armaduras, que tienen escudos protectores o llevan mantos dorados espléndidos, terciopelos negros salpicados de violeta, una clámide escarlata o una capa de armiño. Un pueblo con un equipamiento lujoso, fabuloso, que impone e intimida a la mirada humana, un pueblo de mosqueteros y pendencieros. Un pueblo también con costumbres increíblemente crueles: crían a los niños con sangre caliente de víctimas vivas, chupan a fondo una herida que tiembla y se embriagan hasta hartarse. Un pueblo que, por último, también puede superar la muerte con la transfiguración: ayer muertos con una forma, mañana arrancados de su tumba con un nuevo aspecto. ¿Qué pueblo ha tenido éxito en el imposible cometido de Orfeo? El pueblo de los escarabajos, dice Fabre.
Esta manera de describir es, involuntariamente, cómica, pero también muy plástica. El entomólogo se esconde detrás de la máscara del etnólogo o del antropólogo para mejor burlar nuestra mirada parcial, para llevarnos más cerca del asombro y la ingenuidad que considera esencial para la agudeza de la atención analítica, para la mirada que exige la aproximación al mundo de los insectos. Por esta maniobra introductoria, la mirada del entomólogo crece hasta llegar a una visión en cierto modo patético-humanista, una mirada que observa los insectos como si se tratara de una tribu de seres extraordinarios que tiene que ser descrita por un explorador intrépido.
Esta mirada antropomórfica que husmea en los insectos una especie de inhumana humanidad, se parece muchísimo a la mirada de Jan Fabre, el homónimo flamenco del entomólogo del siglo diecinueve (quien, según el mito tenazmente mantenido por el artista, pertenecía a su familia), el famoso artista plástico belga de las esculturas de escarabajos, el coreógrafo de los bailarines acorazados y con armaduras, como insectos, que pone crucifixiones entre escarabajos, caballeros y libélulas sobre la escena; y, finalmente también el dibujante, cuyo bolígrafo azul traza y pinta insectos fantásticos en un viejo ejemplar de Jean-Henri Fabre: Les merveilles de l´instinct chez les insectes.
La versión repintada, como objeto plástico contemporáneo mucho más valioso que los libros del entomólogo provenzal, se titula The Fabre´s Book of Insects. No sólo la metáfora del vestido vuelve literalmente en Jan Fabre (además con un vestido magnífico, tejido con exóticos escarabajos verde y oro), también toda la actitud en la que aparece la mirada del entomólogo romántico dramatizando y analizando a la vez que formando y caracterizando, es de esencial importancia en la manera de trabajar y mirar de Jan Fabre.
El insecto es, para el espíritu burgués, una suerte de paria en el reino de los animales, una raza de hecho innecesaria, inútil y repugnante que, en lugar de demostrar la total servidumbre que la Biblia impone a los animales, sólo causa molestias al hombre. Al mismo tiempo, el insecto es el icono de una amenaza diariamente presente. Los sueños sobre mutaciones gigantescas, plagas y catástrofes son corrientes. La ausencia de conocimientos presenta al insecto como una metáfora del acorazamiento, como un animal blindado, como un soldado y un instrumento de ataque; semejante a un vehículo con telescopio que acosa y frustra al hombre por medio de una disposición latente para la guerra total. El insecto aparece en muchos cuentos arquetípicos como destructor, paralizador, enredador y exterminador de enemigos; algunos son titanes microscópicos que pueden cargar con treinta veces su propio peso. Algunos insectos, como las termitas y las abejas, se relacionan con sociedades jerárquicas y rígidas, sofisticadamente equipadas, fascistoides, de estructuras fuertemente organizadas con reinas, informadores, agresores y obreros. Finalmente, el insecto sugiere visiones de columnas de saltamontes o de hormigas que avanzan, en las que un cuerpo colectivo es formado por innumerables cuerpos pequeños, un cuerpo proteico que devora y mata, abriéndose camino, salta, vuela y arrasa, acosa al hombre, asola las cosechas, practica el genocidio a cien metros del propio umbral, en resumen: el insecto representa la metáfora pura de las fuerzas oscuras que están adormecidas en el hombre siempre que se organiza y defiende, siempre que invade y conquista.
Este icono de una coraza individual y colectiva se sitúa en la zona crepuscular de la enciclopedia cotidiana. La taxonomía de los insectos es como la de las estrellas: el insecto está demasiado alejado del hombre y, a la vez, ocupa sus sueños. Además, esta zona crepuscular de la imaginación en la que se encuentra el insecto cruel apela también, según los biólogos, a la zona crepuscular de nuestro cerebro humano, o sea, a nuestro famoso lóbulo límbico, la parte más antigua de nuestro cerebro, que almacena una especie de frío instinto reptil de supervivencia: los impulsos más crueles del hombre surgen de esta antigua parte del cerebro, poco conocida, de la zona crepuscular del asesinato, la venganza, las tinieblas y la ciega voluntad de sobrevivir a costa de los demás. En ella parece residir nuestra ambivalente fascinación por el insecto. Así, el insecto como icono tiene una significación paradójica: chupa, crea asombro y admiración, pero también puede despertar miedo, amenazar, y, por efecto de una potente lente de aumento, puede ser repulsivo e imponente como un tanque que, de repente aparece en nuestra sala de estar.
Esta metáfora de la guerra no ha escapado tampoco a Jan Fabre. En los primeros dibujos repintados, a modo de palimpsestos, del libro de insectos de Jean-Henri Fabre, se ha interesado por un territorio o lugar de supervivencia y los fabulosos insectos reciben atributos que los convierten en claros heraldos de una solitaria, onírica expedición de supervivencia. Este lado vitalista del icono entomológico es antiquísimo, aparece en las historias remotas y a menudo se presenta como la unión mítica del ser orgánico y la máquina.
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Quos periisse putamus praemissi sunt.
Séneca, epitafio de J.H. Fabre
"Los que creemos muertos nos han precedido". El papel de heraldo de la muerte que Jan Fabre adjudica a sus esquivos personajes parece derivar del papel de heraldo que Jean Henri-Fabre atribuyó en su día a escarabajos, hormigas y escorpiones. Estos robots de una agresividad metafórica, de una puesta en escena de nuestra propia lucha para sobrevivir, son bien conocidos en la literatura. No sólo el ser parecido a un escarabajo en que Franz Kafka transforma al pequeño oficinista Gregor Samsa, sino también las abejas de cristal, robots infernales que dirigen un estado dictatorial en la novela Gläserne Bienen de Ernst Jünger. Son muchas las variantes del equilibrio entre identificación y espanto con el que Jean-Henri Fabre quiso atraer a sus lectores a su repugnante objeto de estudio. Por otra parte, Ernst Jünger habla en sus Diarios de los signos en los caparazones de los insectos como de un antiguo lenguaje perdido que deberíamos descifrar otra vez. ¿Qué habría que leer entonces en todos esos élitros, sobre los que se pueden ver con impresionante claridad máscaras africanas, calaveras, bocas sonrientes y grandes ojos negros? ¿Qué nos comunica realmente todo ese mimetismo bélico? ¿Que los escarabajos son agresivos por una ciega voluntad de vivir, una especie de voluntad schopenhaueriana que de un pueblo microscópico puede hacer un pueblo poderoso? ¿Llevan sobre sus espaldas el criptograma de la mirada humana? ¿Vemos en los ilegibles signos sólo la señal de una naturaleza incomprensible, algo así como los innumerables libros con marcas de lenguas indescifrables de la famosa biblioteca de Jorge Luis Borges? ¿Cómo tenemos que leer los nombres presentados como contraseñas y códigos sobre las cruces azules del extraño cementerio de insectos de Fabre en La tumba del ordenador desconocido?
En esta obra –un campo lleno de cruces azules pintadas con bolígrafo azul, en cada una de las cuales está escrito el nombre de un insecto–, el nombre del insecto está directamente unido al símbolo de la muerte. Uno de los nombres sobre las cruces es el de Schrijverke (el escarabajo escribano), precisamente el insecto cuyo criptograma sobre el agua Guido Gezelle dice haber podido descifrar: describe el santo nombre de Dios, es decir, la palabra clave del secreto creador último.
Vuelve de nuevo el Nombre como una señal indescifrable: el escarabajo es un escritor con otro nombre, pero la información no va más allá. Una extraña resurrección surge en y por el nombre: el de la especie, el ser anónimo vivo como ejemplo, el espécimen. En este sentido el fantástico campo con las cruces de bolígrafo azul está relacionado con las vitrinas del entomólogo. Así, el escarabajo escritor viene confirmado a través de y en su muerte; la manía de Fabre por el insecto parece ocultar algo órfico. La placa con la denominación de la taxonomía entomológica es, en este “trabajo de campo”, una cruz sobre la tumba del denominar mismo. Con otras palabras, la última señal o palabra en la enciclopedia es el golpe mortal para el insecto vital, la cruz sobre la tumba de la realidad viva, aunque diariamente celebra la resurrección del objeto platónico en el espíritu del observador.
De este modo, el campo de las cruces se convierte en un memento mori,que conmemora la manera en que los signos han cubierto los objetos con algo parecido a una "designación categorial".
La memoria, dice Nietzsche, supone el recuerdo sumergido de la sangre. La enciclopedia es una lápida gruesa sobre esta memoria y Fabre la levanta repetidamente para comprobar que allí debajo los insectos salen disparados en todas direcciones, como en las tardes que, durante su infancia, pasó al borde del bosque de Peerd y en otros lugares del Seefhoek, en Amberes.
De ahí viene tal vez el palimpsesto, lo repintado y redibujado en el Book of Insects de [...Lees meer] |
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